miércoles, 4 de octubre de 2017

Don't walk



El suave fluir del aire seco entre los edificios es el único sonido que queda en la ciudad soleada.

El tiempo se había congelado, pero solo en parte, pues aunque ya nada se movía ni nacía pensamiento alguno, el polvo se iba acumulando, el metal se iba oxidando y los paneles solares peor montados ya se iban desmoronando.

Desafiando al opresivo silencio, unos pasos. Son pasos tranquilos, uniformes, con una cadencia propia de quien no tiene prisa porque ya no hay destino al que llegar. Su autor, unas botas usadas, pertenecientes a una figura encapuchada, envuelta en una basta capa de tela marrón, a pesar del calor. Ocultos bajo la tela, dos ojos, una nariz, una boca. Tal vez, o tal vez no. Ya no hay a quien eso le importe.

La figura avanza por la acera desierta, esquiva ahora un cartel caído, ahora un coche estrellado contra una farola. Se topa con un bulto mohoso y se detiene. No es más que ropa. Ropa vieja, raída, descolorida por el sol y la lluvia. 

Portándola, su dueño. Un reseco cadáver, también congelado en tiempo solo en parte, pues mantiene la posición en la que quedó hace ya mucho tiempo, pero la escasa carne que aún queda pegada a los huesos sigue huyendo del lugar poco a poco con cada lluvia, con cada día ventoso. 

La figura observa los restos unos instantes, tal vez preguntándose como acabó así aquel hombre, aquella ciudad, aquel país, aquel planeta. Tal vez no. No sabe con quién compartir sus pensamientos o inquietudes: el viento no sabe escuchar, y no hay nadie más. Luego reanuda la marcha, rodeando los huesos y los harapos con solemnidad, como si en cualquier momento pudieran levantarse. Como si esperara que lo hicieran.

Su camino sigue, recto, sin desvíos por ahora. A lo lejos ve un cruce. Un paso de cebra. Un semáforo, con su panel solar aun resistiendo las nada delicadas caricias de la intemperie. La distancia se acorta con cada paso y sus ojos (si es que tiene) van captando detalles del cruce. 

Nada destacable, de hecho. 

Pero sus pasos siguen sumándose a los anteriormente dados y la figura no tiene más remedio que reconocer que algo capta su atención, cuando ya no le queda más que un instante para abandonar su acera y pisar el asfalto. 

Este detalle le detiene, le hace frenar en seco. Se queda mirando el semáforo, paciente, mientras la cálida brisa de la ciudad soleada le mece la capa, juguetona. 

Ni un paso da, adelante o atrás. Permanece inmóvil, mirando el contorno del dibujo que se adivina a duras penas gracias a un puñado de LEDs rojos que todavía funcionan dentro de la cavidad superior del semáforo, conectado a un robusto panel solar, preparado para resistir actos vandálicos y, fortuitamente, largos períodos de abandono.

Pasan cinco segundos, diez, veinte. Las luces rojas empiezan a parpadear, advirtiendo del cambio. El encapuchado contiene el aliento, o tal vez no. El pequeño avatar de la cavidad superior se esfuma, pero aparece en sustitución otra figura hecha de LEDs, ahora verdes. Ésta es mucho más visible: representa un hombrecillo andando, aunque en sí misma no tiene movimiento, es gracias a la postura que se intuye que su intención es avanzar.

El ruido de unos pasos desafía de nuevo el silencio de la ciudad soleada, cuando la figura encapuchada se pone en marcha con el beneplácito del hombrecillo verde. 

Supera el cruce y sigue su camino, dondequiera que vaya. 

Adiós, figura encapuchada. Nunca lo entendiste y ya no hay nadie que pueda explicártelo. O tal vez sea yo quien siempre lo ha entendido mal. 

jueves, 5 de enero de 2017

Microrrelatos III

Participé durante unas semanas en un concurso de microrrelatos que echaban por la radio. Aquí los tenéis.

Sé fuerte

Cada vez que le hablaba del último sobre rechazado veía el orgullo en sus ojos. Los días especialmente malos ella siempre me abrazaba cariñosamente y me aseguraba que hacía lo correcto, que debía ser fuerte. Me pedía que, por mucho que mis compañeros me presionaran, me mantuviese firme en mi decisión. Me susurraba que, aunque de todos modos la gente pensara que era corrupto, yo no debía ceder.
Yo siempre asentía, callado, tratando de atesorar aquellos maravillosos momentos que tanto necesitaba, alejado de todas aquellas asfixiantes miradas de reproche. Saber que ella creía en mí me daba fuerzas: si podía engañar a mi madre, podía engañar a cualquiera.

Escudo de letras

Serán solo cien palabras las que escriba hoy. En esas cien palabras ella hablará de su día: de la vecina que ha encontrado al salir a comprar, del precioso vestido que ha visto en un escaparate y de otras banalidades. Cuando acabe, deslizará el diario tras el radiador averiado en el que siempre lo “esconde”. Él lo encontrará, pero si hay demasiado escrito se abrumará y no lo leerá. Si hay demasiado poco, pensará que oculta algo. Y ella necesita que él siga confiando en el diario. Pensar que la controla es lo único que aplaca sus celos. Ya casi no le quedan marcas.


Cuando acabe la noche

Lo que daría porque fuese ya de día y su dulce voz me susurrase “lavavajillas”, “espumadera” o “colesterol”... o cualquier otra cosa, lo que fuera. Normalmente la salida del sol marca el fin de las pesadillas y tengo la esperanza que será entonces cuando parpadeará, me mirará y dejará de ser un frío cadáver sobre mi cama.


Sin palabras

Las palabras que ha aprendido por la noche las repite entre dientes por la mañana obsesivamente, decidido a no olvidarlas. No aprende para aprobar un examen o para impresionar a nadie, lo hace para sí mismo. Ahora es incapaz de expresar con palabras todo el horror que sintió cuando vio aquellas chanclas con calcetines, así que aprende vocabulario con la vana esperanza de ser capaz algún día.