martes, 31 de mayo de 2011

Deber

Ocurrió un día cualquiera, como quien no quiere la cosa. Me fue entregado un panel de control. Cientos de botones, palancas y reguladores. Bombillas, pequeñas pantallas e interruptores. Nadie me explicó que debía hacer con él, pero allí estaba. Y era mío. Me incomodaba que allí estuviera, trataba de ignorarlo… Pero la curiosidad me fue venciendo lentamente, ¿para qué serviría tal y cual cosa?

Otro día cualquiera, pulsé el primer botón. Un sobre lleno de dinero cayó pesadamente encima de mi cabeza. El dolor me duró poco. Por supuesto, me fue imposible no volver a pulsarlo; cayó otro sobre. No cabía en mí de gozo. Viví un par de semanas que ahora se me antojan confusas y distorsionadas. Creo recordar que lo pasé bastante bien, aunque constantemente tenía chichones, ya que era condición indispensable que el dinero me “cayera del cielo”.

Un hecho que descubrí algo después es que cada vez que pulsaba aquel botón, brotaba en mi jardín una pequeña flor amarilla. Durante un tiempo pensé que era pura coincidencia, pero llegado a cierto punto, no quedaba duda alguna. Los chichones y el jardín florecido por aquella pequeña (aunque enormemente resistente) planta me parecían un pequeñísimo precio a pagar a cambio del estilo de vida que me estaba costeando.

Ahora me parece inconcebible, pero no sentí deseo alguno de probar ninguna otra función del panel. Hasta que, un tercer día cualquiera, me empezó a aburrir mi vida. Parece increíble, ¿no? Tenía cuanto el dinero me podía dar (salvo una cabeza sin chichones y un jardín libre de flores amarillas). Y sin embargo, empecé a ser desdichado. Había alcanzado un límite y eso me frustraba. Después de algunos quebraderos de cabeza, me aventuré por segunda vez con el panel. Esta vez, activé un interruptor. Desde ese momento hasta el día en que lo apagué, no dejó de llover. Y no volvió a llover hasta que volví a activarlo. Dueño y señor de la lluvia. Empezó como un juego, pero pronto me aburrí. Me vi en un aprieto, pues la lluvia seguía estando a mi servicio. Debía ir regulándola, pero me cansé, así que llovía martes, jueves y cuando tenía interés personal en aguarle el día a alguien.

Mi tercera exploración no tardó tanto, aunque esta vez la curiosidad se mezclaba con cierta aprehensión, pues, aunque había solucionado lo de la lluvia, podía haber acabado muy mal… Además, ¿qué pasaría cuando yo muriera? ¿Qué sería de la lluvia y de todo lo demás que pudiera llegar a controlar? Aún a pesar de estos lógicos pensamientos, moví un regulador que marcaba “Adelante” a “Atrás”.

Y todo el mundo empezó a rejuvenecer. Aunque sería más preciso decir que iba retrocediendo por lo que ya había pasado. Desaparecieron los chichones nuevos, pero volvieron los viejos. Había quien daba gracias al cielo y había quien maldecía su suerte. Cuando volví a dejar el regulador en “Adelante”, hubo protestas; cuando lo puse de nuevo en “Atrás”, hubo protestas. Finalmente lo dejé en adelante, por mantener la tradición. Aún hay quien me odia por ello.

Mi cuarta exploración tardó mucho tiempo en llegar. Tenía miedo de lo que pudiera ocurrir. Pero el poder que ejercía el panel sobre mí era irresistible. Debía saber más. Y lo supe. Supe cuanto debía saber.

Pero vosotros no lo sabréis.

viernes, 27 de mayo de 2011

Y asi se crea la monotonia

El coche anunciando la actuación del circo, donde la estrella aparte de los animales y demás, era el gran payaso Mijaíl. Era el mejor payaso del momento y por suerte para la ciudad "La Fortuna" que tenia el lujo de poder ser audiencia para poder admirar su arte.

Como cada noche a las 22:00 horas, después de la actuación del perro que corre con el barril, se escuchaba en toda la carpa " y con todos vosotros, cuando no tenéis ya ganas de reir, llega para que rían hasta tener dolor de barriga; el payaso Mijaíl. Sonaba su peculiar música de trompetas y guitarras eléctricas, que tenia su parecido con la música de Beny Hill. Y entre unos chistes y un par de pasteles en su cara daban comienzo a su actuación

Al finalizar el espectáculo, el payaso volvía a su caravana a descansar para la próxima actuación. Nadie conocía lo que verdaderamente pensaba o vivía Mijaíl, pero nadie se quejaba, nadie se preocupaba por el; mientras funcionara su numero nadie le diría nada.

Ya no tengo nervios por entrar en mi numero, lo he hecho tantas veces que ya me aburre, ya no me motiva. Lo he hecho tantas veces que hasta hay ocasiones donde lo aborresco y quisiera estar en cualquier sitio menos en el centro de la carpa.

Al principio me entusiasmaba el poder hacer reír a la gente, hacer mis tonterías y que las personas disfrutaran de mi actuación, y además me pagaban por mi pasión, así que jamas me queje por falta de sueldo o algo, porque hacia lo que me gustaba

Pero la cosa se empezó a torcer, cuando no tenia ganas de reír yo mismo, o no tenia ganas de ver el sol salir, ese dia tenía que salir igualmente a mi actuación y hacer reír al publico que esa noche se encontrara en esa maldita carpa, que llegué a odiar como a una cárcel. No sabia el porque me tachaban del mejor payaso del mundo, si solo estaba haciendo mi trabajo; que en un principio era mi amor y mi vida

Y así me encontraba dia a dia, noche tras noche, actuación tras actuación haciendo reír a la gente, la monotonía me estaba matando. Había llegado a envejecer mentalmente y tener casi pie y medio fuera del circo pidiendo mi retirada.

No fue así, y no fue así gracias a la risa de un niño pequeño, no mas de 3 añitos, que miraba con admiración, felicidad y confianza. Y lo mejor de todo es que me estaba mirando ami. Hacia no solo reír a la gente, sino que les quitaba los problemas a la gente y por ese momento eran felices completamente.



Aunque vivas en la mayor monotonía que puedas encontrar, mira los pequeños detalles, que te demostrarán que ningún día es igual al anterior. Y que la vida es el mayor regalo que nadie te pueda regalar. Disfruta de tu vida dia a dia, hora a hora, minuto a minuto, porque ninguno sera igual al anterior. Siempre encontraras en el camino piedras cada vez mas grandes que te harán pensar volver atrás, pero también encontraras ayudas para poder saltar o rodear esas piedras para que sigas disfrutando.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Linealidad

//Me he retrasado. Ha partir de ahora publicaré los martes para amoldarme al cambio de publicación de mi compañero//


El tiempo pasa. Estoy viendo la televisión, absorto. De pronto, a mi lado se sienta la Muerte, me saluda amistosa. Le devuelvo el saludo con cierto reparo. Ella no parece interesada en mí, simplemente mira la televisión como cualquier otro lo haría, así que hago lo mismo. Pasado un rato, se levanta y se despide con un casi imperceptible movimiento de cabeza. Le digo adiós con la mano mientras se aleja a paso ligero.

Apago la televisión, me lavo la cara y me visto (pues iba desnudo). Respiro hondo y salto por el balcón; siento el viento golpeando fuertemente mi pecho, mi estómago, mis brazos… Mantengo los ojos cerrados, no es la primera vez que hago esto y sé que marea. Finalmente, impacto contra un toldo, que acolcha enormemente mi impacto y me desliza hacia el suelo. Caigo sin un rasguño. Me sacudo la arena que se me ha quedado adherida en mi aterrizaje y emprendo la marcha.

Me cruzo con el Ángel de la Guarda, que me echa una mirada de desaprobación. Me encojo de hombros, un poco avergonzado y sigo mi camino.

Me cruzo a la Diosa Fortuna poco después. Llama mi atención con un silbido, y cuando la miro, gesticula “me debes una”. Asiento, dándole la razón. Tras una breve despedida, reanudo mi marcha.

Por fin llego a mi destino. Abro la robusta puerta de entrada con visible esfuerzo y entro. Carraspeo para hacerme notar pero nadie acude a recibirme. Me adentro con cierto titubeo, hasta que, por fin, encuentro a la Muerte, frustrada delante de un cubo de Rubik. Me pongo a su lado y voy dándole indicaciones para llevarla por el buen camino, aunque no deja de refunfuñar porque “ya sabía hacerlo”. Al cabo de unos intensos minutos, la Muerte desiste y deja el ingenio en una amplia mesa de madera.

Por primera vez, se gira a mirarme. Su mirada me pregunta que hago aquí pero no dice nada, aguarda. Pero yo también aguardo. Finalmente, la Muerte suspira.

-¿Por qué has saltado?

-Para venir aquí.

-¿Y las escaleras?

-Las escaleras no dan aquí.

-¿Y por qué querías venir?

-Para darte las gracias.

-¿Por qué?

-Por salvarme de la caída.

La Muerte asiente.

-Era en agradecimiento por venir aquí-confiesa.

Ambos sonríen. Lentamente, la Muerte se levanta, se despereza…

-¿Cómo pretendes volver a tu casa ahora? No puedes desandar lo andado.

-¿No? Yo creo que sí.

Y así lo hice. Pues ahora mismo, estoy en mi casa viendo la televisión.