miércoles, 3 de agosto de 2011

Apatía

Mi vida transcurre sin pena ni gloria, con sus leves altibajos, eso sí, pero en general he conseguido una afable estabilidad en la que me siento muy cómodo. Soy consciente de que he dejado pasar oportunidades que me podrían haber catapultado hacia una vida mejor, pero no he considerado que el esfuerzo mereciera la pena. Había personas más motivadas y con más necesidad de cumplir un rol moderadamente determinante en la sociedad. Por suerte o por desgracia, eso no va conmigo, me dedico a seguir existiendo sin más, pues no aspiro nada más que lo que tengo. Algunos verán esta vida como insípida, pero la apatía es confortable, mientras que el desengaño que se lleva quien ve sus sueños truncados no lo es. Me aferro a esta premisa cuando siento trazas del espíritu competitivo inherente al ser humano suplicándome que intente mejorar. Por suerte, con el paso de los años me he ido diluyendo en mí mismo y estos “ataques” se van haciendo más y más infrecuentes. Ni siquiera recuerdo cuando fue el último.

No explicaré en qué consiste mi trabajo, pues es irrelevante para entender mi estilo de vida, igual que lo es mi altura ya que no es anormalmente alta o baja. Simplemente, no me condiciona en absoluto.

Estos son los pensamientos que me vienen a la mente mientras miro con ojos fríos al hombre que tengo delante. Educadamente, le pido que me repita lo que acaba de decir.

Tras un leve y pretencioso carraspeo, el hombre repite con precisión su discurso.

-Me complace comunicarle su condición de heredero legítimo del trono de Anacronia, concedido por favor divino a sus antepasados y heredado por derecho de sangre desde el principio de los tiempos. Larga vida al nuevo rey.

Permanezco callado, pensativo. Ni mi padre ni mi abuelo mencionaron, siquiera a modo de broma, que fuéramos parte de una milenaria dinastía de reyes. Tal vez hubo alguna clase de sublevación que les obligó a exiliarse y mantenerse en el anonimato; y tal vez yo era demasiado joven para recibir dicha noticia. O tal vez simplemente mi familia quería empezar una nueva vida lejos de aquel lugar. O incluso podrían no saber nada, pues el exilio podría ser anterior incluso a ellos.

Solo pude pronunciar un inseguro “vaya” a la noticia. Pero aquel heraldo no se va, permanece plantado ante mí, aunque, a mi entender, no espera ninguna clase de intervención por mi parte.

Por fin salgo de mi estupor. La noticia es una sombra negra que se cierne sobre mi estilo de vida, aunque desconozco sus intenciones.

-¿Dónde se encuentra Anacronia?- le pregunto.

-A día de hoy, en ningún lugar concreto, pues ya no ocupa un territorio- explica- Pero sigue constando en los registros como nación monárquica, por lo que su título de rey es legítimo.

Me quedo mirándole, pues no comprendo del todo lo que está pasando.

-Entonces, ¿en qué afecta esto a mi vida?- le inquiero- Porque no puedo gobernar sin súbditos ni tierras.

El heraldo se encoje de hombros. Es obvio que cumple con su deber meramente informativo y que todo lo que se salga de su competencia le causa indiferencia. En cierto modo, me recuerda a mí mismo. Y, la verdad, desde fuera no resulta una forma de vida tan respetable como a mí me parecía cuando la sentía en mis carnes. A decir verdad, incluso siento cierto enojo con él, pues, aunque sólo sea un mensajero, es el culpable de la severa mutilación que acaba de sufrir mi rutina.

-Gracias, supongo – rezongo.

El hombre sonríe levemente a modo de respuesta, hace una leve reverencia que a mis ojos es un claro insulto y se marcha. Me deja solo en mi reino que no es tal. Hasta ahora, me había conformado con ser nada, porque no creía estar destinado a nada más. Pero a mí entender, la sangre azul lleva inherente una carga (y esto a pesar de yo haber defendido abiertamente que, aparte de enfermedades y el color del pelo, nada se hereda de los padres). Y es la responsabilidad de pasar a la historia.

Al cuerno el anonimato. Al diablo con la invisibilidad. ¡Quiero mi cetro y mi corona!

1 comentario:

  1. Espectacular como siempre, narrador. Te superas en la originalidad de los planteamientos. Y como siempre, lo mejor al final, esa especie de contradicción final que te deja pasmado porque nunca se acierta a ver venir hasta la última línea.

    ResponderEliminar